Paolo Giordano nació ganando 5 a 0. No sólo es un churro mitad modelo de Hugo Boss mitad cantante delicia de grupo de rock, sino que además a sus 26 años tiene una beca para ser doctor en Física en una universidad italiana y le dio por publicar una novela que por casualidad se convirtió en el libro favorito de Italia, vendió más de un millón de ejemplares y se ganó el premio Strega.
miércoles, 27 de enero de 2010
Soledades colectivas y tragedias burguesas
Paolo Giordano nació ganando 5 a 0. No sólo es un churro mitad modelo de Hugo Boss mitad cantante delicia de grupo de rock, sino que además a sus 26 años tiene una beca para ser doctor en Física en una universidad italiana y le dio por publicar una novela que por casualidad se convirtió en el libro favorito de Italia, vendió más de un millón de ejemplares y se ganó el premio Strega.
martes, 8 de diciembre de 2009
Primero estaba el mar...
38.
"No sabe dónde está ni cuando fue su muerte. Él está muerto. No oye la brisa rozar las ramas de los árboles, ni al mar respirar al lado suyo; no siente a los pescadores pasar frente a su tumba, dejando la huella de sus pies descalzos en la arena y un olor a tabaco en el aire. El tiempo que había antes de nacer se ha unido al tiempo infinito que sobrevino con su muerte y ha formado un solo ser, sin arribas ni abajos, antes o después. No sabe quien posee ahora su tierra. ¡Y tanto que llego a quererla! ¿Existió? ¿Existirá la vereda alguna vez? Él no lo sabe; la extraña flor de su cerebro se ha secado y para él ya no existe la memoria. Se ha perdido para siempre en la gran cosa que está ahí y ha estado desde siempre, ser absolutamente remoto y presente, ser que es sólo agua aunque sepa florecer en amor, horror, inteligencia y deseo; agua que florece en belleza, sangre y compasión por más que permanezca siempre agua.
(…) Pero él ya no lo sabe. No puede oír el ruido de la arena que en desordenado reloj remueven los cangrejos a través y a los alrededores de su tumba. No puede oír el ruido del agua, desordenada también en su infinita mensuración de sal y espuma, cuando viene con la marea y se lleva de nuevo para el mar las arenas que su cuerpo va formando. Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No habìa sol, ni luna, ni animales, ni plantas. El mar estaba en todas partes. El mar era la madre. La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria."
Tomás González, Primero estaba el mar.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Los hombres y los perros (Correspondencia I)

sábado, 7 de noviembre de 2009
No hay nada nuevo bajo el sol

(publicado en alguna revista Arcadia que anda por ahí)
Sentencia que pareciera encerrar una profecía, si se compara la Bogotá en la que vive Escobar en 1970, a la Bogotá de mediados de los ochenta y la Bogotá de ahora. Quitando las distintas variaciones en el transporte público (habría que pensar en los paraderos de la Caracas entonces y en TransMilenio ahora) y los nuevos adoquines, la ciudad es la misma: los mismos bares, los mismos burdeles, el mismo trancón, la misma lluvia, la misma inseguridad y el mismo hastío.
Así, mientras Escobar pasa días enteros pensando cómo escribir el gran poema bogotano, Caballero construye un relato a partir de la caricaturización de los personajes insignes de la sociedad capitalina: estudiantes marxistas que recitan El capital de memoria pero que desconocen su país, señoras arribistas, jovencitas hermosas insatisfechas sexualmente, poetas de medio pelo que pontifican en bares de mala muerte. Personajes que desfilan por "La bogoteida"-desafortunado intento de poema de Escobar-, que le sirven a Caballero para crear modelos prototípicos del provincialismo bogotano y que hoy en día siguen transitando sus calles. Las cosas se siguen pareciendo a las cosas.
Y aunque Sin remedio no ha generado el culto que otras novelas urbanas como Opio en las nubes en mi generación (eso lo puso marianne, lo de mi generación) es innegable que la manera en la que está escrita, su uso minucioso del lenguaje y sus imágenes precisas (los olores densos de las discotecas, la grasa fría de la comida rápida) hacen que esta historia sobre el tedio se siga manteniendo vigente. Siempre, con la certeza de que "en Bogotá no pasa ná, mala ciudá, mala ciudá".
martes, 19 de agosto de 2008
Sobre algunas partículas elementales

En un principio devoré los primeros capítulos intentando descifrar si la frialdad del narrador se debía a un gran escepticismo en las acciones de los dos personajes principales: Bruno y Michel, quienes se esforzaban por crecer, enamorarse y entender el mundo, mientras ese narrador distante diseccionaba, con la maestría del mejor cirujano, cada uno de estos actos y los desnudaba como causa y consecuencia de ser hombres occidentales en medio del siglo XX.
Este impulso de lectura fue frenado por labores académicas varias, y en dos semanas no se tocó el libro. Aunque no podía dejar de hablar de él y de pensar en la manera en la que ese narrador sabelotodo explicaba el amor como si fuera parte de una teoría sociológica no muy compleja. Retomé la lectura y me dejé cautivar por el personaje de Bruno. Esto puede sonar extraño para quienes lo han leído, ya que Bruno se perfila como un hombrecito pusilánime que teme a la vejez y que sólo encuentra comfort en el placer sexual. Claramente este hombre, al ser un cuarentón medio loco, no logra cumplir sus fantasias sexuales con adolescentes de senos perfectos, pero aún así encuentra el placer en Christiane, una mujer que también teme al paso del tiempo y que ha dominado las diferentes maneras de hacer una felación. Sin embargo, la relación de Bruno y de Chistiane se convirtió en mi motor de lectura, pues siempre, en el trasfondo, estaba ese odioso narrador recordandome que el amor en estos tiempos se desenvuelve en bares swinger, donde la inmediatez del deseo prevalece.
La lectura fue de nuevo interrumpida, pero después el libro apareció en un día de larga espera y entendí que la parte final estaba dedicada a Michel, biólogo encerrado en su laboratorio, que no encontró mayor felicidad en su vida que las compras por catálogo. Al lado de Michel siempre aparecía la figura de Annabelle, a quien el narrador esboza como una mujer que le ha concedido demasiada importancia al amor. La relación entre ellos se da desde la infancia, pero es en la edad adulta cuando los dos resuelven estar juntos, tal vez como una manera de resignarse a la vida y a la vejez. Las posibilidades de la relación están agotadas: no pueden tener hijos, no pueden enamorarse de manera apasionada, no pueden entregarse al placer al que se entregan Bruno y Christiane. El mayor confort lo encuentran al dormir juntos. Como en toda tragedia, Annabelle muere y Michel se va a Irlanda a escribir sus últimas reflexiones que comprenden el último capítulo, el cual se llena de una lucidez inmensa.
A lo largo de sus páginas "Las partículas elementales" mezcla el discurso cientifico para diseccionar el comportamiento de los hombres con la historia de estos dos hermanos. Al leerlo sentí pánico. Miedo de dirigirme hacia el despeñadero que resulta la vida de estos personajes en donde la edad adulta se convierte en un catalizador de la desesperanza. También me sentí ingenua. Me dejé convencer por el narrador y pensé por un momento, que a veces somos masas gigantes que respondemos a los corpúsculos de Krause (ubicados por la naturaleza de manera estratégica en el clitoris y el glande) y confundimos esos estimulos con el amor, o con algún ritual sociólogico complejo. La biografía de estos hermanos y su realismo de bisturí me dejó con algo de temor sobre lo que viene más adelante.